Mis primeros encuentros con el vino (I)

¿Cuál era el paisaje del vino español que me encontré a finales de 1974? En esta fecha comencé a trabajar en el vino. Pero antes voy a contar una intrahistoria de mis días abstemios que viví antes de esta fecha. Recuerdos lejanos en el tiempo, pero cercanos en la memoria que voy apuntando y que, como estos pequeños fragmentos que vienen a continuación, forman parte de un legado que devolveré al vino en un libro sobre lo que esta bebida me concedió en estos últimos 45 años.

“La memoria es el único paraíso de donde no podemos ser desterrados”. Una frase de Friedrich Richter que me sitúa en 1955 cuando solo era un niño curioso que, ante mis ojos, el vino se me aparecía con un retrato reprobado de taberna, borrachos y de ver pasar grupos de campesinos con la bota sanferminera en la cintura cuando iba a mi pueblo en verano. Era un daguerrotipo condicionado por un pasado familiar abstemio.

Me contaba mi padre que tuvo que soportar la presión de mi abuelo para que trabajara sí o sí en la taberna de su propiedad en los años Veinte del siglo pasado. Una taberna-ultramarinos rural de una aldea perdida de León donde se respiraba el espeso humo a tabaco de picadura y resuellos alcohólicos de aguardiente y clarete leonés al filo del vinagre. Todo un auténtico casino de borrachos. Su rebeldía se debía a la imposición paterna de continuar con el negocio frente a su deseo de estudiar magisterio. Este escenario aterrador para un hombre como mi padre, fue lo que le empujó a huir de casa. El vivió y murió abstemio y así viví sin vino hasta 1974.

Diario de un abstemio

Los primeros 9 años de mi infancia feliz los pasé en aquel Marruecos disciplinado y algo mundano que retrata perfectamente María Dueñas en su novela El Tiempo entre Costuras. Una infancia de navidades abundantes sin racionamiento, de placeres de turrón en cajas de madera, Anís de la Asturiana y alguna botella de Paternina que, en razón de las fechas, mi padre debía descorchar.

Cuando llegué por vez primera a Madrid en 1953, la ciudad se me ofrecía en un retrato gris de adoquines, ruidosos tranvías y olores de fritanga de gallinejas de los puestos callejeros. La radio nos afligía con el “nuevo compás” del Baión del Negro Zumbón, las cancioncillas de las Hermanas Fleta y las matrículas M-110 de los cochazos americanos de la Base de Torrejón, los únicos que estaban aparcados en mi calle.

Entre 1955 y 1959 mis padres nos llevaban a mi hermano y a mí a la vendimia. Era casi una liturgia de aquellos expatriados como un deber hacia los familiares que no pudieron emigrar. A lo largo del río Jamuz, en León, aparecía un ubérrimo viñedo de prieto picudo, mencía, garnacha tintorera y palomino entremezclados. El paisaje de los montículos de las bodegas subterráneas en medio de las viñas se asemejaba a los cementerios de guerra. Mi relación con el vino no había llegado, pero sí con el mosto. No entendía que aquel suculento sabor dulce desapareciera después de toda una serie de burbujeos en medio de la penumbra y humedad.

El vino de segadores y albañiles

Mi instinto infantil me colmaba de una curiosidad de un niño solitario, todavía sin amigos. Calzado con los fornidos zapatos de Segarra solía recorrer todo el entorno del derruido Cuartel de la Montaña. Vivía en la calle Ilustración, junto a la Estación del Norte y cerca de la Plaza de España. En aquellos años me llamaban la atención los innumerables solares todavía con los cimientos de las casas bombardeadas de la Guerra Civil que aún perduraban. En algunos de los restos subterráneos malvivían algunas familias gitanas. En otros solares, el Régimen se prestaba a construir deprisa y corriendo casas de Protección Oficial para eliminar cualquier vestigio de la Contienda. En cada edificación en construcción, los albañiles, algunos con pañuelos anudados en la cabeza, todos los días los veía sentados en el suelo a la hora de comer. Tartera en mano, unos a otros se pasaban unas botellas de anís rellenadas de vino a granel con el corcho perforado por una cánula de caña para beber a chorro. Este ingenioso tapón de corcho y la bota de vino los vendían en la calle Toledo como artículo de uso y consumo. Estos adminículos no dejaban de ser los mejores envases higiénicos para compartir el vino blanco porque era más barato que el tinto. Ensimismado viendo comer y beber a los operarios, uno de ellos se dirigió a mí: “chaval, ¿quieres un trago? Así serás mayor”. Nunca bebí vino y mi interés era más por ver si era capaz de acertar bebiendo a chorro. A mis 10 años mi primer encuentro con el vino fue un desastre, no solo por la mala puntería, entrando el vino por la nariz, sino por el sabor. ¿Cómo es posible que a los mayores les guste una bebida seca, ácida y amarga como el vino?

Otra imagen que me impactó fue la de los segadores sentados en el suelo junto a las vallas que rodeaban la Estación de Príncipe Pío. Todos los veranos venían de la siega en Andalucía desde la estación de Atocha a la espera de tomar el último tren de la noche para continuar su duro trabajo en los campos de Castilla. Todo un retrato tercermundista -éramos entonces casi del tercer mundo- de cabezas emboinadas con rostros quemados por el sol, navaja en mano comiendo un trozo de pan, chorizo o filete alpargatero y la bota de vino. Este siniestro tren se componía de un furgón de traslado de presos, seguido de vagones con asientos de madera corridos donde se acomodaban los segadores con sus maletas de madera y sus hoces enfundadas con esparto. El convoy se remataba con un interminable número de vagones de mercancía.

Tabernas y camionetas

En aquel Madrid tabernario el vino era el combustible de las eternas borracheras de la clase proletaria que cada sábado se abrazaba a las farolas de gas. De niño, al besar a mis tíos y a los amigos de mis padres, percibía un olor mezcla de tabaco y el dulzor del alcohol como algo inherente de nuestros mayores. De aquella década, no se me olvidan las tabernas y bares con barras de estaño con un recipiente integrado con agua corriendo donde se enjuagaban los vasos de vino. Se bebía valdepeñas a palo seco servido en unas jarras rectangulares de vidrio.

En aquellos bares sórdidos capitalinos las botellas de vino aparecían de pie, inmóviles e intocables en las alturas de las estanterías, como un adorno de viejas etiquetas enranciadas por el tiempo y por el humo del tabaco. En cambio, en los anaqueles más bajos, aparecía una legión de marcas de coñac español en las que sobresalían Terry, Fundador y Carlos III y todo un sinfín de anises y licores. Aquellas inanimadas botellas de marca nada tenían que ver con el vino en vaso que se servía de tinajas y toneles repintados. En los años Cincuenta todavía Madrid era una taberna. Los vinos que se recibían en la capital venían en odres, pellejos, garrafones y algunas botellas retornables, sobre todo de Valdepeñas y Toledo. Recuerdo ver en aquellos años tristes las camionetas de auto-venta descargando en los bares y tabernas que, hasta que no los vendían, no regresaban a sus bases. Algunas de esas camionetas eran rusas de la Guerra Civil, las 3HC que el gracejo madrileño las llegó a denominar por sus iniciales los “3 hermanos comunistas”

Próximo capítulo:

Los despachos de vinos

El estigma de Jerez

Lo que se bebía en Madrid en 1975

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