El barrio de la Estación: el antiguo barrio de Cantarranas

Hace dos semanas se presentó en Madrid el programa La Cata del Barrio de la Estación que se celebrará el próximo 20 de junio. Una jornada de “puertas abiertas” del conjunto de bodegas que componen el llamado Barrio de la Estación de Haro con nombres tan señalados como CVNE, Rioja Alta, Muga, Gómez Cruzado, Roda y López de Heredia, que, en su mayoría, construyeron sus bodegas junto a las vías del tren. En la convocatoria faltaba el que primero izó la bandera en esa “Vila Nova de Gaia” jarrera que no fue otro que las Bodegas López de Heredia y que comentaré más abajo.

Las Catas del Barrio de la Estación es una iniciativa enoturística que se celebra cada dos años. Un excelente pretexto para abrir sus puertas al enófilo en donde la visita a los calados y naves de crianza, que cuenta toda una historia de cada bodega, se acompaña de un acontecer festivo de música, gastronomía y, sobre todo, tomar el pulso a las etiquetas de las distintas firmas con sendas catas. Este festival, muy bien organizado por cierto por la Asociación, se ha exportado a Nueva York y otros puntos del globo, dejando muy claro que el manto de la historia y prestigio de las bodegas no está reñido con el acercamiento a las nuevas generaciones, que religiosamente pagan su entrada para asistir con gusto a esta notable expresión de enoturismo colectivo.

López de Heredia diferente

Cuando hace 4 años se ideó esta fórmula de asociación de los Históricos del Barrio, me extrañó que López de Heredia-Viña Tondonia entrara en este juego de desenfado popular de abrir las puertas del alma de la familia, como es esta bodega. Un recinto que es un viaje al pasado, fiel al “testamento” del fundador Rafael López Heredia, que sus herederos cumplieron y siguen cumpliendo a rajatabla, no solo en la elaboración y crianza, sino también en la construcción piedra a piedra de este santuario del vino. Por lo tanto, no me pilló de sorpresa al enterarme de la ausencia en el acto de Madrid. Me acordé de mis múltiples visitas y reportajes de esta firma, donde siempre guardaron la prudente distancia con el visitante, sea el periodista o comprador sin rozar la mala educación y sin ninguna mácula informativa. A la pregunta a los organizadores del por qué de la ausencia, me respondieron que forma parte de su coherencia con una filosofía difícil de criticar. Las bodegas vecinas conocen y comprenden a la perfección las formas y modos de entender este negocio familiar. A raíz de la ausencia, hace unos días María José López de Heredia me confirmó este espíritu de vínculo con su historia lejos de las pasarelas mediáticas y públicas dentro de un modelo de discreción que ha caracterizado a esta familia.

Sin embargo, Rafael López de Heredia, el fundador del negocio en el año 1877, fue un adelantado en aquellos tiempos creando una oficina en Madrid para estar más cerca de los clientes. No reparó en gastos publicitarios rotulando el nombre en las panzas de los tranvías de caballos compitiendo incluso con la potencia propagandística de las casas jerezanas. En 1980 cuando fundé la revista Bouquet, la firma insertó publicidad en la revista con la imagen de un barbudo patriarca con una botella de Tondonia en la mano.

Las bodegas del ferrocarril

La Revolución Industrial impuso el ferrocarril como el medio de transporte acorde con los nuevos tiempos. La estación de Haro, en la línea Tudela-Bilbao, que fue inaugurada en el año 1863, se hallaba en el entonces barrio de Cantarranas a extramuros de la ciudad. En la zona fluvial del Ebro se oía con frecuencia el canto del batracio, de ahí el nombre. Bilbao era la capital del comercio, la industria y el vino no eran una excepción para poder ser transportados, no solo para el consumo vasco sino también para el puerto de embarque a otros destinos más lejanos.  Atrás quedaron las recuas de carromatos que con esfuerzo y heroicidad recorrían el llamado “Camino de Bilbao” y, en algunos puntos del trazado, aún debe de quedar algún mojón de piedra con una barrica cincelada como antiguos testigos de ese comercio arriero y mulatero.

Daguerrotipo de Bodegas Rioja Alta

Todavía no se había inaugurado el ferrocarril cuando algunos intermediarios bordeleses, los llamados “Comisionados de Burdeos”, huyendo del oídium que asolaba el viñedo francés, instalan sus naves de almacenamiento de vinos (bocoyes, conos o fudres) en el entorno de la estación, como era de rigor, siempre cerca de los puntos de embarque. En la década de los Cincuenta del siglo XIX, buscaban vinos de elevada graduación alcohólica siguiendo las pautas históricas del comercio del vino mediterráneo que, desde el siglo XVII, llegaban a Burdeos desde el puerto francés de Sette procedente de Alicante y Valencia. Sin embargo, la menor graduación y cuerpo del vino de la zona de Haro y el resto de los pueblos de la Rioja Alta, les pareció más cercano a los “vinos finos” bordeleses, por lo que decidieron instalarse en Haro. Eran fundamentalmente comerciantes y estaban muy organizados. Disponían en casi todos los municipios desde Haro hasta Olite de corredores de comercio que les ponían al tanto de las cotizaciones del vino.

En ese Barrio de la Estación levantaron naves de almacenamiento un gran número de negociantes franceses: Alfonse Vigier, Eugene Kruger, Phillipe Savignon, Francisco Blondeau y Mandry, Charles Boisot, Luis Parlier y un largo etcétera. En los años que van desde el oídium hasta la invasión de la filoxera, este barrio estaba bastante más animado que hoy. Era tal el número de “comisionados” galos que llegó a producir recelos y desconfianzas entre los habitantes de Haro porque estos almacenes proyectaban un clima industrial del vino frente al espíritu artesano de las pequeñas bodegas ubicadas a lo largo de la calle de la Cuevas y calles adyacentes dentro del casco urbano. Este recelo culminó con el descubrimiento de algunos fraudes enológicos que motivó la creación de la coplilla:

“Ay, ay, los almacenes de Haro

los hemos de quemar,

que muere mucha gente

del vino artificial”

De aquellas edificaciones como escenario provisional solo queda algún resto sobre el que se erigieron después de Heredia, las Bodegas Rioja Alta, Bodegas Bilbaínas, las antiguas Bodegas Moctezuma, hoy Gómez Cruzado y CVNE, las cuales entendieron la importancia del ferrocarril que permitía a cada bodega contar con un ramal propio de carga de vino. Al rebufo de pasar de un maloliente barrio de Cantarranas a lo que hoy se llamaría polígono industrial de la Estación, se añadió la Bodega de Rioja Santiago y alguna otra menos relevante antes de arribar Muga en 1968, abandonando su sede urbana de la calle Mayor de Haro. El último en llegar a este universo de vinos y raíles fue Bodegas Roda en los pasados años Noventa, no por la utilidad del ferrocarril, sino por encontrar un hueco en la Rioja Alta.

El futuro del “Barrio”

Es posible que la vecindad unas con otras de las bodegas sea un pretexto para la Cata del Barrio. Pero no veo ninguna diferencia con la actuación en otras ocasiones de grupos de promoción conjunta. Excepto Muga, que cuenta con menores argumentos históricos del Barrio, y Roda, que apenas lleva 30 años en este lugar y su estilo de vino pertenece a la modernidad, el resto poseen afinidades en cuanto al mantener el viejo estilo riojano, que no es otro que el viejo estilo bordelés desaparecido en el primer tercio del pasado siglo. Hay una apasionante historia que relatar si las bodegas han sido capaces de guardar en los cajones y en los oscuros rincones de la bodega toda la memoria de este barrio famoso.

Contar las historias de las bodegas del Barrio es el argumento más que suficiente para impregnar de más cultura a quienes solo acuden a un festival de risas y tragos. Este espacio de origen francés simboliza la primera sucursal mundial del novísimo vino bordelés que se inventara un siglo antes. Sería interesante que con las nuevas tecnologías audiovisuales pudiera reproducirse el día a día de los comienzos de estas casas históricas y la importancia del ferrocarril en su desarrollo, por lo que los organizadores bien podían involucrar a la Renfe en los actos porque también forma parte de la historia. Rostros, máquinas, aperos, cartas manuscritas de proveedores y clientes. Simplemente la historia del Barrio de la Estación.

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