Obituario: el Carlos Falcó que conocí

Hace unos días falleció Carlos Falcó, más conocido como Marqués de Griñón. Pocos ejemplos existen en los que un aristócrata haya alcanzado una dimensión profesional mucho mayor y trascendente pero mediáticamente desconocida que por su título nobiliario, hasta el punto en que, en los obituarios publicados en la prensa, figura como padre de la ultra mediática Tamara Falcó como referencia. Algunos párrafos de este artículo están recogidos de la entrevista que hice a Falcó en diciembre de 2003 con motivo de nombrarle el “Hombre del Año” 2003 en la revista Sibaritas como un homenaje al gran hombre del vino y amigo.

La ilusión y vocación agronómica de Falcó no fue suficiente para vender el vino embotellado en tiendas y restaurantes. En un principio, existía un soterrado boicot a un producto sin la contraetiqueta de la D.O. siendo además propiedad de un personaje de la vida social, como si fuera una intrusión frívola en el sagrado y entonces tradicional mundo del vino.

Este es el reconocimiento, no solo por su labor de llevar al mundo del vino a inversores muy significados, sino también por su actividad periodística y crítica, impulsando el vino libre.

Conocí a Carlos Falcó a comienzos de los años Ochenta cuando invitó a unos periodistas, entre los que me encontraba, a visitar su finca de Toledo, Dominio de Valdepusa. Recuerdo cuando íbamos en el autobús y veíamos a través de las ventanas las hileras de cabernet sauvignon, una variedad prohibida en la legislación de entonces. No solo esto era una herejía, sino también el cultivo en espaldera y el riego gota a gota, del que fue pionero en el mundo. En ese mismo viaje se encontraba también Gabriel Yravedra, a la sazón presidente del desaparecido INDO (Instituto Nacional de las Denominaciones de Origen), que miraba a otro lado ante el retrato ilegal de un viñedo moderno.

Carlos se me presentó con su educación mundana, pero me sorprendió su sencillez, amabilidad y su curiosidad innata por conocer lo que los demás sabíamos del vino. Entonces estaba casado con Isabel Preysler, mucho más extrovertida de lo que transmite la imagen actual cincelada por el Hola y Porcelanosa. Tenía un especial interés en saber lo que significaba el periodismo del vino, preguntándome sobre si había materia para una especialización cuando lo gastronómico era la única voz en aquellos años. Hablé con Falcó muchas veces, escribí bastantes artículos de su persona y de su obra y aun así todavía me quedan muchos recuerdos en el tintero.

En varias ocasiones dije que Carlos Falcó es una emulsión donde cohabita el aristócrata liberal, el escritor independiente y el bodeguero de puertas abiertas, incluso a quienes posiblemente podrían ser o ya eran sus rivales. Capaz de proyectar un discurso crítico y público sobre el vino español. Sus raíces nobiliarias arrancan del siglo XIII cuando en la finca, que ya pertenecía a la familia, el rey Alfonso XI cazaba osos. Más tarde, los Señores de Valdepusa comienzan a dar entrada a colonos para convertirlas en fincas agropecuarias. Pues bien, todo ese abolengo no los arroja como una descarga envanecida. Solo presume de ser un ingeniero agrónomo que tiene curiosidad, ganas de aprender y que ha viajado por todo el mundo.

Un pionerismo sin perseverancia

Es cierto que su talante iconoclasta tropezó con su frágil tenacidad, lo cual no empaña su papel como pionero. Pocos saben que, en la segunda mitad de los Ochenta, fue el primero al que se le encendió la bombilla sobre las posibilidades de la garnacha de San Martín de Valdeiglesias. El proyecto no lo llevó a la práctica por el escaso color del tinto de esta variedad en la zona, y esto no cuadraba con la moda de entonces. Fue el primer bodeguero español que se interesó por la garnacha blanca para producir vinos de calidad. Para ello recorrió la provincia de Teruel, hizo algunos experimentos que me cautivaron, no exentos de ciertos resultados desiguales que le hicieron desistir. Otro ejemplo de su arrojo fue el intento de mezclar dos zonas en una misma botella, como Toro y Ribera del Duero con el tinto Durius, que la burocracia de las D.O. impediría. No tuvo paciencia en consolidar su proyecto de convertir el vino de Rueda como una analogía de un blanco de Graves bordelés con la marca Marqués de Griñón, siendo el primero en utilizar barricas de roble francés nuevo con la colaboración de Antonio Sanz. Unos años más tarde, debido a su mayor dedicación a Valdepusa, no pudo dedicarse en cuerpo y alma a su proyecto de Rueda.

El primer iconoclasta de la viña

El título nobiliario de Carlos Falcó era suficiente para emparentar su bodega con el retrato del vino tradicional español e integrado en alguna de las Denominaciones de Origen históricas. Sin embargo, prefirió rescatar los espacios más ocultos y silvestres del suelo español sin acomodarse a las ventajas de las D.O. famosas, cultivar las entonces intrusas variedades internacionales y trabajar como se hace en Burdeos, Australia y California. Fue el primero en producir vinos de calidad fuera de los territorios sagrados del vino, sin los apoyos institucionales que se aplican a las D.O. y sin su tirón comercial, pero también sin los corsés de sus Reglamentos. Su propio talante liberal se lo impedía.

Su relación con el vino le viene de lejos. En la citada entrevista me dijo que su abuelo estaba muy interesado en la agricultura y ya era un pionero utilizando los primeros tractores en España. “Mi abuelo tenía mucha ilusión de que yo estudiase la carrera de ingeniero agrónomo y, por ello, tenía un compromiso moral con él. Empecé a interesarme por el vino en los años 60, mientras estudiaba la carrera de ingeniero agrónomo. Luego me fui a la Universidad de California y allí una noche me invita a su casa el decano de la Facultad, Maynard Amerine, y nos saca unos vinos de cabernet y a mí eso me impactó. Fue una revelación. No entendía cómo en un clima mediterráneo como el de California se obtuvieran vinos con una variedad propia de clima más fresco, como el de Burdeos. Y todo a base de tecnología, tanques de acero inoxidable, control térmico y vigilar la oxidación de los vinos”.

Cuando llegó a España en 1964, quería plantar cabernet sauvignon y sacar al mercado un vino de pago. En aquellos años las aventuras heterodoxas de cultivar en espaldera, regar con goteo, incluso traer variedades foráneas estaba prohibido. Esto propició el abandono del proyecto por un periodo de 10 años, dedicándose a plantar tabaco y árboles frutales en el Valle del Tiétar, en concreto la manzana. Aquella experiencia le sirvió para hacer una agricultura de precisión y experimentar por primera vez el riego por goteo para sus árboles con un sistema que descubrió en Israel. Pensó que también podría servir para el viñedo, siendo el primero en el mundo que lo pone en práctica.

Más romántico que empresario

Su categoría social, más allá de su condición de aristócrata, le ha permitido relacionarse con personajes de prestigio, incluso con la Casa Real, hechos que jamás exhibe o comenta. Su imagen de buena persona, atento, cercano y metido en la agricultura, no tenía el tinte frívolo y distante de su hermano Fernando (Marqués de Cubas) que, en tiempos pasados como un solterón seductor, acaparaba mucho más los titulares de la prensa del corazón. Para este círculo, la profesión y vocación agrícola del Marqués de Griñón eran factores menos mediáticos y ha tenido que pasar bastante tiempo para reconocerse que el personaje es un hombre del vino y de la viña y no un factor de la prensa cuché, si bien a raíz de su matrimonio con Esther Doña, inevitablemente volvió a aparecer en los dos últimos años en las revistas sensacionalistas.

Su vocación vitivinícola no ha sido un elemento utilizable para sus intereses bodegueros. Falcó estuvo más cerca de lo romántico, ayudando a los demás, que de lo empresarial. Fue la dinamo que alentó a Marcial Gómez Sequeira (Dehesa del Carrizal) a montar una bodega en Toledo, al igual que a Alfonso de Hohenlohe en su Cortijo de las Monjas en Ronda, a Alfonso Cortina con su bodega Vallegarcía y, por último, al constructor Jose María Entrecanales a levantar la Bodega Arrayán, también en la provincia de Toledo. No se anduvo por las ramas a la hora de coger el teléfono para contactar con los más insignes especialistas de la viticultura y la enología mundial. Su influencia, prestigio, su bagaje vitivinícola y su estatura de “marqués” que tanto seducen por ahí fuera, se sumaba a su porte y elegancia como una “rara avis” en el mundo del vino español, lo cual facilitó estos encuentros. Antes de construir un viñedo bordelés bajo el sol toledano quiso asesorarse en Burdeos. Su amistad en los años Ochenta con Alexis Lichine, escritor y dueño de uno de los chateaux más famosos del Medoc, le permitió tomar contacto con las esferas técnicas bordelesas, como Emile Peynaud y más tarde Michel Rolland. Por su finca pasaron Claude Bourguignon, líder mundial de la viticultura subterránea, y Richard Smart, el genio planetario de la viticultura. Fue el primer bodeguero en plantar petit verdot en nuestro país y desde el principio de los Ochenta tuvo clara la importancia de realizar un análisis de sus tierras y una medición de las condiciones climáticas para calcular el proceso de maduración de sus uvas, convirtiendo su viñedo en el mejor de España en aquellos años.

Aunque se convirtió en el abanderado de los vinos independientes de España, apostando por las tierras toledanas para convertirlas en tesoros vitícolas, también ha tenido un espíritu de participación colectiva. Presentó al presidente de Castilla-La Mancha, José Bono, lo que él pensaba que debía ser una nueva Ley del Vino, que se aceptasen todas las variedades conocidas internacionalmente. Fue entonces cuando se aprobó la Ley del Vino de Castilla y, en consecuencia, se creó los Vinos de la Tierra de Castilla como dinamizador de la calidad de los vinos de Castilla-La Mancha. Eso ha permitido que los grandes grupos vinícolas españolas invirtiesen en esta Comunidad Autónoma, como Osborne, González Byass, Martínez Bujanda, Olarra o Faustino. A su vez Falcó promovió los Vinos de Pagos de Castilla con un éxito inesperado fuera del ámbito territorial, que ha llevado a constituir Los Pagos de España. Todo como resultado de crear un frente que defendiera un concepto de chateau, es decir, producir vino de un viñedo determinado.

Como escritor vitivinícola fue brillante. Le fiché como columnista en la revista Sibaritas, y su condición como bodeguero no le impidió juzgar al vino nuestro y mostrar sus pecados ante el ministro del ramo o en la tribuna mediática con una acertada y excelente pluma. Sus artículos tenían la profundidad y conocimiento de una persona que viajaba por todo el mundo, codeándose con los personajes más relevantes del vino mundial.

Su condición divulgativa fue excelente, reflejada en el libro “Entender de Vinos”, con una tirada de éxito de 20.000 ejemplares. Su biografía queda reflejada en su último libro, con el desafortunado título de “La Buena Vida”, que podría inducir al error de creer que el libro es un manual de “vivir como un marqués”. En realidad es un perfil autobiográfico de un personaje que, tras el peso de su linaje aristocrático que le permitió viajar por todo el mundo, se esconde su relación vocacional con el campo, no para cazar precisamente, sino para el trabajo, la viña, y convertirlo en el vino de sus amores. Una historia de su vocación agrícola. Su biografía, me atrevo a confesar irreverentemente, es más apasionante que el brillo de sus vinos.

Descansa en paz, querido Carlos.

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