El vino en el universo del lujo

Se dice que el vino es un lujo asequible. Un pequeño lujo cuando el vino ha dejado de ser una bebida cotidiana en el universo de lo alimentario. Todos los lujos son inútiles (excepto para los que los venden), a no ser que, indirectamente, la adquisición del lujo permita al acaudalado codearse con la exclusiva casta de los poderosos para otros fines. Ya lo dijo Vicenzo Gioberti, político italiano del Diecinueve: “El lujo es todo aquello que debe considerarse superfluo para la felicidad del hombre”.

Hace algunos años me llamaron del IE (Instituto de Empresa) para una ponencia sobre el vino en el universo del lujo. Me quedé estupefacto por el escaso músculo del asunto si nos referimos al lujo vinícola español que, entiendo, podría ser lo más conveniente para el alumnado. A medida que pasaban los interminables minutos de mi exposición, vi bostezar a más de uno cuando hablaba de la Pax Romana, el lujo de las malvasías y moscateles de los comerciantes venecianos y el refinamiento de la Inglaterra victoriana de los burdeos, jereces y oportos. Lo que de verdad interesaba era que les hablara de las marcas de lujo de los vinos españoles, para lo cual apenas pude extenderme más diez minutos.

¿A qué lujo me refiero? Para pertenecer a la categoría de ese lujo que quiero detallar, no solo debe contar con un elevado precio, sino también con una exclusividad, prestigio mundial, historia y pedigrí, únicamente al alcance del bolsillo de unos pocos.

Los lujos mas conocidos son los de las marcas de joyas, relojes, moda o perfumes. Patek Philippe, Prada, Chanel, Dior o Rolex. Productos carísimos, de precios desaforados, de escasa producción, aunque intencionada, asociadas a un uso de las élites adineradas que marcan un status elevado y eso solo lo da la marca de prestigio social a nivel mundial. En el caso del vino, el lujo debe estar bendecido por las casas de subastas cuando ciertas marcas avaladas por una larga historia son consideradas casi como obras de arte. El vino para llegar a esta categoría necesita un largo tiempo que otros productos se lo saltan gracias a una abundante, costosísima y refinada promoción y publicidad que en el vino produciría un efecto negativo.

Categorías del lujo

Existen dos modelos del lujo: el de aquel objeto que, por su fama, sea reconocido por todas las capas sociales como algo inalcanzable por su precio, y el producto solo conocido por una élite adinerada, culta y con pedigrí. Para que sea entendible voy a poner el ejemplo de los relojes. Cualquier ciudadano ha oído hablar de un Rolex, aunque no esté al alcance de su bolsillo, ha oído hablar de él, mientras que un Patek Philippe, aún más caro y menos conocido, solo lo luce el rico con “clase”, más informado y con mayor linaje. Si este ejemplo lo llevamos al vino español, Vega Sicilia sería el Rolex y Pingus o L’Ermita el Patek.

La escasa producción intencionada que comentaba al principio no se da en el vino ya que el número de botellas estará sujeto al espacio del cru o parcela ilustre. Solo hay una excepción: Dom Perignon, cuya producción alcanza los 5 millones de botellas sin supeditarse a un viñedo determinado. Es el único fenómeno mundial donde el volumen no ha restado un ápice a su reputación. Bien entendido que se trata del mito más barato del planeta (177€ la botella) frente a las 5.000 botellas anuales y a 12.000 € la unidad de Romanee Conti.

Francia, cuna del vino de lujo

El refinamiento en la cultura, las artes, la moda, la cocina y el vino han tenido y siguen teniendo apellido francés. Sin embargo, son los ingleses los que elevaron a los cielos las principales marcas de vinos franceses, ya que fueron los primeros receptores contemporáneos que no lo utilizaron como producto alimentario, sino por puro placer. Pero no solo lo bebían, sino que lo diseñaban como dueños del comercio marítimo y como negociantes. Y así lo hicieron también con Jerez, Oporto y Madeira. Desde el siglo XVII, en las frondosas bodegas particulares de la alta sociedad británica, abundaban los toneles de los vinos generosos y dulces y, más tarde, las botellas de Champagne y Burdeos. Los zares fueron unos auténticos sabuesos por disponer de las mejores marcas de Champagne. Los episodios bélicos nos trajeron escenas de la importancia del vino de lujo como rapiña de los invasores. Hitler no solo se llevó obras de arte, sino colecciones enteras de vinos franceses. En la serie televisiva Hermanos de Sangre hay una escena, cuando las tropas americanas ocupan el hitleriano retiro del Nido del Águila, contemplando con cierta codicia las ilustres botellas de las mejores marcas bordelesas, repartiéndoselas entre ellos como si hubieran descubierto auténticas obras de arte.

Esa historia pervive hasta hoy entre los dueños del gran capital a la hora de rellenar sus opulentas bodegas personales. Cualquiera que se precie de ser un buen coleccionista de vinos, tiene en su bodega particular el espacio más relevante para las joyas bordelesas. Pablo Álvarez, a la sazón patrón de Vega Sicilia, tiene la fortuna todos los años de ser invitado por un gran número de coleccionistas de todo el mundo para beber viejas cosechas de su propio vino, que ni la bodega posee. Pues bien, en las privadas de sus anfitriones predominan, como no podía ser de otra forma, los grandes vinos bordeleses. Si en cada bodega particular no reinan los grandes vinos franceses, su propietario estará fuera de la casta. Hace siete años, en un viaje a Hong Kong, tuve la ocasión de visitar Crown Wine Cellars. Un enorme almacén subterráneo horadado en una montaña como antiguo polvorín militar. Es algo así como un banco de grandes vinos donde se guardan bajo siete llaves las joyas vinícolas de los millonarios de Singapur, Shanghai o Hong Kong. Con todas las medidas de seguridad y en cámaras acorazadas recorrí sus largos pasillos, en donde pude ver el enorme listado de las leyendas del vino galo, seguido muy de lejos de marcas californianas de los años Setenta y Sesenta y, como algo exótico, algún Vega Sicilia.

El lujo nacional

España aún es joven para integrarse en la logia de vinos de renombre que solo conceden -repito- los catálogos de las subastas de Christie´s y Sotheby´s. Ello no quiere decir que en nuestro catálogo nacional no haya vinos reputados que hayan participado en sendas subastas en estos templos de la puja. En distintas ocasiones yo mismo asistí a las subastas londinenses de Vega Sicilia, Marqués de Murrieta y Marqués de Riscal, cuya cotización, si bien no alcanzaba a los relumbrones de Burdeos y Oporto, por lo menos estuvieron en la tabla media, aunque arrancaran igual que los demás con un precio alto que ya es un logro.

Fuera de nuestras fronteras, y hasta los años Setenta del pasado siglo, la marca Domecq y, en segundo lugar, Osborne llegaron a ser la joya de la corona del Sherry, incluso del vino español, confirmando que el vino históricamente más prestigioso a nivel mundial fue el de Jerez. Sin embargo, el obstáculo de identificar la cosecha en cada botella, al ser un vino de solera, dificultó la posibilidad de participar en las prestigiosas subastas y ello fue un freno para ingresar en el selecto club del lujo. No así el oporto, que los propios ingleses, al inventar el “vintage” o cosecha reseñada en la etiqueta, permitió que sus botellas fueran auténticos iconos de la capacidad de vejez de un vino. El resto de las marcas riojanas no fueron diestras en su enfoque internacional debido a que se enfrascaron en vender al consumidor nacional con menor interés en el foráneo. Vega Sicilia es el único ejemplo mundial donde solo fue mito en su propio país. Hasta que no lo compraron los actuales dueños, este vino era prácticamente desconocido fuera de nuestras fronteras. El ejemplo de Pingus y L’Ermita todavía les falta recorrido histórico para ser presa codiciada por los ojeadores de las subastas.

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