Steven Spurrier, el último crítico de la vieja escuela británica

Steven Spurrier

Hace unos días falleció Steven Spurrier a punto de cumplir los 80 años de edad. Para mí fue un personaje coetáneo que se inició como tendero de vinos (al igual que yo, vendiendo vinos por correspondencia en los Setenta) para convertirse en una figura clave en el célebre “Juicio de París” y uno de los últimos críticos de vinos de la vieja tradición británica.

Le conocí casualmente en una visita turística a París.  En 1977, con apenas dos años de experiencia en el vino por mi parte, en una calle cercana a la Place de la Madeleine, leí un rótulo sobre un escaparate de una pequeña tienda de vinos, la Cave de la Madeleine, que me llamó la atención y que decía: “L’Academie du Vin”. En aquel tiempo estaba con ansia de aprender todo sobre la materia sin el filtro del enólogo. L’Academie fue la primera iniciativa privada de educación vinícola en Francia fuera de las aulas de enología y viticultura que Spurrier fundaría en 1970 con su socia también británica Patricia Gallagher. También me resultaba original que la venta y la educación vinícola fueran de la mano.  Fascinado por aquel rótulo que condensaba todo lo que podría serme útil, me dispuse a entrar. En una oficinita pequeña en la propia tienda me recibió el mismo Steven, de buen aspecto, trajeado a la moda de aquella época de “solapones” en la chaqueta y campanas en los pantalones. La verdad es que era una persona de pocas palabras. Le informé de mi negocio del club de vinos y a continuación me entregó educadamente, aunque algo distante, un folleto de los cursos de vinos, poco animado a la vista de que mi visita no le ofrecería ningún resultado al no vivir yo en París.

Desde entonces, hemos coincidido en algunas ocasiones. Una de ellas fue en 1996 en la Cata Histórica de Riscal en Londres. Desconocedor de los vinos españoles, quedó sorprendido por la capacidad de envejecimiento riojano, catando cosechas desde 1866. Le hablé de aquella visita del año 77 que no recordaba, pero a continuación me dijo: “¿Usted no sabía que un año antes organicé una cata de vinos californianos y bordeleses?”. Le respondí que en aquel tiempo todavía no había prendido en mí la vocación enográfica, cuando en realidad no tenía ni idea del asunto, dada la desinformación que entonces sufríamos en España de lo que se cocía en el ámbito internacional del vino. En 2005, Steven fue invitado a la presentación de la Guía Peñín en la capital británica. En este segundo encuentro se interesó por las nuevas cepas españolas en la cata que organicé como “gancho” para atraer a la “créme” del periodismo inglés a la presentación de la Guía. Reconoció su desconocimiento de los vinos españoles imbuido por sus antecedentes de comerciante de vinos franceses y californianos y pidió mil perdones.

Spurrier y Michael Broadbent, este último también fallecido hace un año, siempre me parecieron la imagen más british del catador-escritor de vinos. En los últimos años de su vida, Spurrier contaba con una excelente colección de arte tan importante como su espectacular bodega personal. Mantenía las maneras británicas de la elegancia, humilde, con una educada timidez, pulcro, casi siempre con corbata y pañuelo en la solapa, con su eterno cabello formalmente despeinado y copa en mano. Steve disimulaba su leve tartamudez con diagnósticos sólidos en las sesiones degustadoras. Nació desde la práctica sobre la teórica en el escenario más propicio, como es la venta de vinos. No pasó por la condición del Master of Wine porque sus juicios, muy respetados, alcanzaban la ponderación de 50 años en la profesión.

La cata del siglo

El ostentoso nombre del “Juicio de París” fue una cata a ciegas en 1976 hecha por insignes catadores franceses en la que enfrentaron los mejores vinos blancos y tintos californianos con sus homónimos de Burdeos y de Borgoña. Fue una ocurrencia de Spurrier para dar a conocer a los mejores y, entonces, desconocidos vinos californianos para venderlos en Francia. Entendía que estos vinos no ganarían el combate cuando, en realidad, ocurrió lo contrario. Es más, incluso algunos de los bodegueros americanos se resistieron a participar pensando que el jurado francés se mofaría de sus vinos. Steven no podía imaginarse hasta qué punto esta cata significaría el reconocimiento de los franceses de los vinos californianos y la autoestima de los bodegueros americanos por sus marcas. Ello contribuyó a que los precios californianos fueran con el tiempo los más caros después de los franceses. Sin embargo, el acontecimiento no tuvo en su momento la relevancia que a partir de la portada en Time escribiría George Taber, el único invitado al célebre juicio sensorial.  Lo que allí ocurrió lo cuenta con una precisión matemática Albert Molins en La Vanguardia de 25 de mayo de 2016, uno de los mejores artículos que, sobre aquel acontecimiento, he recogido de la hemeroteca y que pueden leer aquí.

Este hecho contribuyó a que Steven fuera cuestionado por las marcas francesas participantes; pero, por otro lado, su fama se consolidaría cuando regresó a Inglaterra en 1990 para convertirse en el alma mater de la revista Decanter en el momento de su gran apogeo editorial.

 

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