Blog de José Peñín

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“Nadie sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”. Esta frase es de Publio Siro, escritor de la Roma imperial, y viene a decir que el talento se demuestra cuando uno tiene coraje para emprender sin temor una aventura de cualquier género en medio de la incertidumbre. Para ello, como indica la Real Academia de la Lengua, es fundamental la inteligencia y como segunda característica la aptitud, con todo ello es imprescindible el tesón y trabajo.

De toda la vida, el rosado ha sido un vino más para beber que para catar. Su explosión aromática de frutos rojos, su frescura, ligereza y bajo precio lo convertían en el rey del verano y de los restaurantes chinos. La elaboración estaba tocada y retocada con mezclas de blanco y tinto, algún aromatizante artificial y levaduras industriales específicas. Su situación como vino tecnológico garantizaba un correcto paladar. Hasta hace tan solo 8 años, era raro que este vino alcanzara la gloria de los 90 puntos, abonándose los mejores a la horquilla de 86-88 puntos.

Durante cuatro décadas he viajado a  Jerez en incontables ocasiones. Mis visitas y las de la prensa, tanto la generalista como la especializada, siempre se han centrado en las históricas y grandes casas y la “obligada” al Consejo Regulador, pero nunca hemos prestado atención a los viticultores y cooperativas, substrato productor de las legendarias marcas jerezanas y cuyos vinos beben los gaditanos. Después de tantos años, decido por vez primera entrar en este colectivo tan escasamente mediático y éste es el resultado.

Desde el siglo XIX un determinado grupo de personas se reúnen para otorgar medallas a los vinos. Eso sucede todos los años porque los vinos nacen cada año y mueren en los estómagos de los que los beben. Las medallas decimonónicas servían para ilustrar las primeras etiquetas pegadas al vidrio y otorgaban al vino un rango superior. Las grandes marcas llevaban un verdadero empaste de medallas con ocasión de las suntuosas Exposiciones Mundiales. Eran las verdaderas relaciones públicas de las primeras marcas de la revolución industrial. A principios del siglo XX no estaba bien visto que un vino no luciera una medalla en su etiqueta. Los concursos coincidían con estos magnos acontecimientos, los cuales otorgaban un aval de prestigio y, obviamente, no eran anuales.

Han pasado más de 25 años desde que estuvieron en boga los blancos fermentados en barrica. Fue el heredero más aseado de la antigua expresión vino con “madre”, es decir, con lías y en algunos casos con hollejos mantenidos más tiempo. Sobre esta novedad entonces, publiqué en 1995 un artículo en la revista Sibaritas que el tiempo todavía no ha marchitado y que reproduzco más abajo. 

Hasta hace un cuarto de siglo, el vino se hallaba en manos de los que lo elaboraban para ellos y de los que lo hacían para venderlo. Los primeros representaban el campesinado del autoconsumo como producto de primera necesidad y los segundos seguían y siguen representando la marca comercial. Estos últimos continúan igual, pero los primeros han dejado el autoconsumo como necesidad alimentaria para convertirse en afición. Hoy es más caro hacer vino para casa que comprarlo en la tienda. Podemos afirmar que, en este siglo, elaborar vino fuera de las pasarelas de las tiendas, restaurantes, críticos y guías de vinos es casi un refinamiento.

Si a nadie le extraña que Vega Sicilia tenga la categoría de mito por su carisma, por su cierto misterio cerrado al ojo del curioso, por haber sido durante muchas décadas un vino inaccesible por precio y oferta, la bodega R. López de Heredia alcanzaría esa misma categoría por ser la única que elabora el vino idéntico al que se hacía en la Rioja en el último tercio del siglo XIX y con las herramientas de aquella época.

En el siglo XIX, elaborar champán en Cataluña era el mejor camino para modernizar la vitivinicultura catalana, cuando su extensión antes de la filoxera alcanzaba las 450.000 hectáreas, el viñedo más grande de España. Se trataba de rescatar las variedades blancas de la tierra un tanto agazapadas ante el auge productivista del tinto con la cariñena, sumoll y garnacha, principalmente.  

Hoy se habla más que ayer de los vinos de Jerez por su calidad y sus suelos, además de por su historia y tradición. Pero lo que no se conoce es la discriminación entre su Zona de Producción y la Zona de Crianza a la hora de quedar ambas zonas reflejadas en las contraetiquetas de las botellas, pues no son las mismas. La última es la más conocida, representada por las bodegas situadas en el llamado Triángulo del Jerez (Jerez, Puerto de Santa María y Sanlúcar de Barrameda). Se entiende que, por su nombre, es la demarcación donde los vinos atraviesan el periodo mas trascendental, como es el del envejecimiento, en soleras-criaderas, si bien nada impide a las bodegas de la Zona de Producción envejecer del mismo modo sus vinos. Sin embargo, solo las bodegas del “triangulo” tienen el privilegio de colocar la contraetiqueta de la DO Jerez-Xerés-Sherry y de la DO. Manzanilla Sanlúcar de Barrameda a los vinos producidos y criados en esta última localidad.

Si el noroeste parece estar de moda (Galicia y Bierzo) con vinos de una gran riqueza varietal autóctona y de terruño, en la otra punta diametral del sureste aparecen figuras ya consolidadas como Toni Sarrión, Rafa Bernabé, Pepe Mendoza, Pablo Calatayud, El Angosto y Rafael Cambra. Son vinos de noventaimuchos puntos capaces de descifrar la expresión del paisaje y de las cepas. En mi último paseo por aquellas tierras de horizontes luminosos, nítidos y limpios solo me dio tiempo para reencontrarme con algunos de ellos y probar un fondillón desconocido para mí.